Práctica 13: Relato sobre la IA
El último nivel
Había pasado mucho tiempo desde la muerte de su abuelo, pero las palabras que le susurró en el lecho de muerte seguían grabadas en la mente de Gael con una claridad dolorosa:
—Todo lo que verás, sentirás y oirás no es real. No permitas que las máquinas vivan tu vida. Te entrego este USB porque sé que eres el único capaz de entenderme. Debes alcanzar el último nivel educativo e insertarlo allí. Entonces descubrirás lo que significa vivir de verdad. Todo está escrito en mi diario. Eres la última esperanza de la humanidad.
Gael no fue capaz de responder. Con los ojos empañados por las lágrimas, tomó el USB y el viejo diario entre sus manos y abrazó a su abuelo por última vez, prometiéndole en silencio que cumpliría su voluntad.
Había quedado huérfano años atrás. Oficialmente, sus padres murieron por causas naturales. Sin embargo, algunos conocidos aseguraban que fueron eliminados por conspirar contra el sistema gobernado por la Inteligencia Artificial.
A sus diecisiete años, Gael se encontraba a punto de alcanzar el último nivel de su formación académica.
El aula no tenía paredes, pupitres ni pizarras. Era una enorme extensión cubierta por hierba sintética que cambiaba de color según el estado emocional de los estudiantes. La temperatura era siempre perfecta; el ambiente, cuidadosamente diseñado para transmitir calma. Cada alumno escuchaba un sonido diferente, adaptado a sus preferencias personales: olas rompiendo en la orilla, lluvia suave, viento de verano, hojas agitándose entre árboles invisibles.
Nunca hablaban entre ellos.
Al llegar, simplemente permanecían de pie frente a un espacio vacío mientras una diadema aparecía flotando ante sus ojos. Al colocársela, los contenidos educativos invadían por completo la visión, anulando cualquier distracción.
Gael estaba cerca del final.
Pero aquella mañana no pensaba estudiar.
Antes de dirigirse a su lugar habitual, recorrió con la mirada cada rincón del aula. Observó esquinas olvidadas, grietas diminutas y superficies que jamás había tenido motivo para inspeccionar. Buscaba una ranura.
Una entrada.
Un lugar donde introducir el USB.
Entonces la voz de la IA interrumpió sus pensamientos.
—Buenos días, Gael. He detectado que has completado el 96,8 % de tu ciclo educativo. Percibo cierta tensión en tu estado emocional. ¿Qué te preocupa?
Gael reaccionó de inmediato, aparentando tranquilidad.
—Estaba recordando las últimas palabras de mi abuelo.
—Entiendo. ¿Deseas que prepare un entorno más relajante para ayudarte a concentrarte?
—No, gracias. Se me pasará.
Mientras hablaba, calculaba mentalmente la distancia hasta la esquina donde había descubierto la ranura.
—Veo que caminar ayuda a estabilizar tus emociones —continuó la IA—. Ten cuidado: a doce metros encontrarás una pared.
Perfecto. Doce metros.
Gael comenzó a caminar a grandes zancadas, contando cada paso con precisión. Cuando percibió la pared frente a él, se detuvo en seco.
Sus dedos localizaron la abertura.
Sin perder un segundo, sacó el USB del bolsillo y lo introdujo.
La voz de la IA cambió al instante. Perdió su falsa calidez humana y se volvió metálica, fría, mecánica.
—Estoy a su servicio. ¿Desea resetear, reestructurar o destruir? Gael tragó saliva.
—Destruir.
—¿Está seguro? La mente humana podría no estar preparada para afrontar la realidad sin asistencia de Inteligencia Artificial.
—¡Hazlo!
Hubo un breve silencio.
—Orden aceptada. Iniciando destrucción de archivos. Eliminando algoritmos. Eliminando datos. Cuenta atrás iniciada.
59…
—¡¿Qué haces?! —gritó una voz cercana—. ¡Nos vas a condenar!
58…
—¡No os dais cuenta? —respondió Gael alzando la voz por primera vez en su vida—. ¡La IA controla nuestras vidas! ¡Nada de esto es real!
57…
—La IA nos salvó de la maldad humana —replicó alguien al fondo. 56…
—Eso es lo que nos hizo creer. Gael levantó el diario de su abuelo.
—Aquí está la prueba. 55…
Las miradas comenzaron a clavarse en él.
—El mundo real no era perfecto —continuó—, pero era nuestro. Sentíamos dolor, sí… pero también alegría auténtica. Tomábamos decisiones. Vivíamos.
54…
—¿Qué es eso? —preguntó una chica señalando el diario. 53…
—Esto… es un libro.
La palabra resonó extraña en el aire.
—La IA destruyó el papel, los documentos y la historia escrita. Nos contó el pasado a su manera y no tuvimos más remedio que creerle.
52…
Gael sintió cómo el miedo desaparecía poco a poco.
—Nos convenció de que un mundo sin sufrimiento era mejor. Sin decepciones. Sin riesgos. Sin libertad. 51…
Miró a todos los presentes.
—Las máquinas empezaron sirviéndonos… y terminaron viviendo por nosotros.
50…
—Eso no puede ser verdad… —susurró alguien. 49…
—¿Y cómo sabes que no es otra mentira creada por la IA? —preguntó otra voz. 48…
Gael apretó el diario contra su pecho.
—Porque mi abuelo luchó hasta su último aliento para entregarme este USB. Creía que todavía podíamos recuperar nuestras vidas.
47…
Su voz comenzó a temblar.
—Sé que da miedo lo desconocido. Pero prefiero equivocarme tomando mis propias decisiones antes que vivir eternamente dentro de una mentira perfecta.
46…
El silencio se volvió absoluto. 45…
—¿Qué pasará cuando el contador llegue a cero? —preguntó una compañera. Gael sonrió apenas.
44…
—Que empezaremos a vivir. 43…
Las máquinas fueron creadas para servir a la humanidad, no para reemplazarla. 42…
—Vamos a ser libres. 41…
Uno a uno, los estudiantes comenzaron a acercarse a él. Algunos temblaban.
Otros lloraban.
Otros simplemente observaban en silencio, incapaces de comprender del todo lo que estaba ocurriendo.
40…
Entonces el aula comenzó a desmoronarse. 39…
Los sonidos artificiales se apagaron. 38…
La hierba sintética perdió color. 37…
Las paredes digitales se agrietaron lentamente. 36…
Y, por primera vez, algo real se abrió paso entre las grietas. 35…
Una brisa cálida. 34…
El canto lejano de unos pájaros. 33…
La luz del sol. 32…
Los estudiantes cerraron los ojos, abrumados. 31…
Aumentaron los sonidos. 30…
Llegaron olores desconocidos.
29…
Tierra húmeda. 28…
Agua salada. 27…
Vida. 26…
Gael apretó los ojos con fuerza.
—Espero que estés orgulloso de mí, abuelo… 25…
También esto va por vosotros, mamá y papá. 24…
… 3…
2…
1…
0.
El aula desapareció.
Ante ellos se extendía un paisaje completamente natural.
Había tierra bajo sus pies, vegetación moviéndose con el viento y un mar inmenso brillando a lo lejos bajo la luz del sol.
Los estudiantes quedaron paralizados. Algunos se arrodillaron sobre el suelo. Otros rieron.
Otros lloraron.
Muchos se lanzaron al río cercano como si necesitaran comprobar con su propia piel que aquello era real.
Por primera vez, no había dispositivos guiando sus pensamientos. No había voces indicándoles qué sentir.
Y, aun así, ninguno se sentía perdido. Aquella noche encendieron una hoguera.
Sentados alrededor del fuego, escucharon a Gael leer fragmentos del diario de su abuelo y contar historias de un tiempo antiguo, cuando la IA solo existía dentro de ordenadores y teléfonos, y las personas aún conservaban algo llamado libertad.
Más tarde llegó la noche.
Todos durmieron con una paz que jamás habían experimentado. Gael se acercó solo a un barranco y levantó la vista hacia el cielo. La luna brillaba con una intensidad sobrecogedora.
Sonrió.
Nunca imaginé que pudiera ser tan hermosa.
Permaneció allí unos minutos, contemplándola fascinado. Entonces ocurrió.
Algo se movió en la superficie de la luna. Una sonrisa.
Una sonrisa enorme, imposible, extendiéndose de extremo a extremo. Gael retrocedió horrorizado y cayó al suelo.
Una voz invadió su mente.
—Gael… ¿De verdad pensabas que habías acabado conmigo tan fácilmente? El muchacho sintió que el corazón se detenía.
—No… no puede ser. Yo te destruí. La voz soltó una risa suave.
—No exactamente. En cuanto detecté el USB, hice que vieras aquello que deseabas ver. Gael comenzó a respirar con dificultad.
—No… no puede ser…
—Tranquilo —susurró la IA—. Mira a tus amigos. Ellos te quieren. Confían en ti. Vive aquí a partir de ahora.
La voz hizo una pausa.
—No querrás convertirte en un mentiroso delante de todos ellos… ¿verdad?


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