De qué hablamos cuándo hablamos de enseñar literatura

Uno de los motivos por los que me atrae la literatura y, especialmente, la lectura de los clásicos, es la sensación de que al leer entro en contacto con la memoria de la humanidad, pues la literatura, como el resto de artes, es uno de los más perfectos depositarios de lo que significa ser humano: de sus reflexiones, de sus emociones y de su relación consigo mismo, con los demás y con el mundo que le rodea. Por tanto, para mí leer es un ejercicio en parte intelectual, en parte emocional. Intelectual porque responde en gran medida la necesidad de saber, a la curiosidad; emocional porque dicha exploración resulta a ratos conmovedora, a ratos apasionante

Es esta la perspectiva que, más allá del recurso para el entretenimiento que es la lectura, pretendo transmitir a mi futuro alumnado. En este sentido, me alineo con los planteamientos de los autores mencionados en la presentación, en particular con las ideas de Borges y Vilas. No toda lectura tiene que dar un vuelco a la propia vida ni desembocar en increíbles descubrimientos, pero, sin duda, el acercamiento a otras perspectivas que es inherente a la literatura es una fuente de riqueza difícilmente comparable. Leer es experimentar más allá de la propia experiencia; una forma de moldear quiénes somos, cómo vemos la vida y cómo nos enfrentamos a ella. En este sentido, el docente de literatura no está transmitiendo a sus estudiantes un simple hobby o un conocimiento definido, sino una puerta abierta a una manera diferente de aprender a través de la memoria colectiva de la humanidad. 

Sin embargo, por grandilocuente que suene lo anteriormente escrito, mis experiencias al frente de una clase de ESO me han recordado que no es sencillo transmitir dicha curiosidad y pasión a unos estudiantes en pleno desarrollo y bombardeados por estallidos de dopamina. Como mínimo, me muestro escéptico ante la posibilidad de hacer que tales estudiantes conecten emocionalmente con determinadas obras como lo haría un lector adulto medianamente experimentado.

Es por ello que considero esencial establecer dicho vínculo emocional a partir del contexto en el que se encuentran nuestros estudiantes. Su bagaje cultural y experiencial no es el de un adulto, y su desarrollo psicoemocional tampoco lo es. Aunque puedan intuirla, difícilmente comprenderán la trascendencia del tempus fugit en las Coplas a la muerte de su padre, a menos que, lamentablemente, hayan tenido que lidiar con el luto recientemente. Como dice Gil de Biedma: eso “uno lo empieza a comprender más tarde”. Pero quizá otros ejemplos que apelen a su etapa vital, al fin de la infancia y al comienzo de la vida adulta, logren conectar con esa mente en desarrollo que, salpicada de algo de sensibilidad, ya alcanza a comprender que con el paso a la adolescencia algo bueno ha terminado para no volver. Y ni siquiera es necesario salir del canon, pues también existen obras de referencia dentro de la LIJ capaces de reproducir en ellos el encanto que los ya maduros vemos en los grandes clásicos de la literatura adulta

Por otro lado, en relación con el canon literario, al contrario de lo que se deduce de la indignación general ante la supuesta ignorancia de la juventud, considero que saber decir tres personajes del Quijote o alcanzar a definir quién es el autor de la Divina Comedia no implica ni conocimiento ni sensibilidad. La educación no debe servir para entrenar a jugadores de Trivial, sino para formar a personas dotándolas de determinados conocimientos y habilidades, sí, pero también para estimular su curiosidad intelectual y sensibilidad. Si logramos dicho objetivo, el lector habitual que haya entrado en contacto con el potencial de la literatura –y de las demás artes– se verá seducido por los grandes clásicos del canon casi por inercia, dado que su influencia es prácticamente omnipresente. Cualquier lector español sabe que Don Quijote de la Mancha es un personaje que ha trascendido los últimos cuatro siglos y, tarde o temprano, terminará por decidirse a leer su historia, quizá después de haber manoseado algún que otro libro similar y más accesible. Y si no lo llega a hacer jamás, morirá de todos modos, quizá igual de feliz, pero sin haber tachado de la lista de la compra ese clásico imperdible en particular. Al fin y al cabo, pocos apasionados de la literatura mueren habiendo leído todas las grandes obras de la literatura universal de todas las épocas y, por qué no decirlo, muchos hemos leído con cierta indiferencia determinados clásicos y, sin embargo, hemos disfrutado con auténtico fervor obras que la historiografía literaria ha dejado en los márgenes del canon. 

Por poner un símil, no debemos actuar cual guía de Free Tour, empeñado en contar en cinco minutos cuál es el encanto del Panteón para cumplir con la promesa de una experiencia optimizada. Un viajero verdaderamente interesado accederá por alguna de las infinitas vías de conocimiento actuales a ese mismo encanto, y el momento en el que se tope con aquel monumento siguiendo su propio itinerario será aún más especial, una experiencia genuina que nace de uno mismo y de sus circunstancias. Y ese viajero no se conformará con cinco minutos de anécdota, sino que en caso de tener la oportunidad, abordará al guía hasta cansarlo. De igual modo, un alumno al cual se le ha guiado para iniciarse en el hábito lector hará suyas determinadas obras literarias cuando las descubra basándose en el gusto que ha ido madurando con el tiempo –uno que no cabe en tres trimestres, ni en toda una etapa educativa–. Esto no quiere decir que no deban trabajarse los clásicos en el aula, sino que el ejercicio de apropiación del que habla Borges no se puede forzar, sino sugerir.

Además, siendo realistas, cualquier docente –especialmente los primerizos, como yo–, debería asimilar más pronto que tarde que no todo el alumnado va a sentir devoción por la literatura, por mucho que uno trate de hacerlo conectar con ella, de la misma forma que no todos sentirán interés por las matemáticas por más que les transmitas adecuadamente el encanto que hay detrás de ese cúmulo de abstracciones aparentemente incomprensibles.

Si al comienzo de esta respuesta decíamos que enseñar literatura tiene mucho que ver con aprender a vivir, qué mejor que sugerir a nuestros alumnos una forma de hacerlo genuinamente, sin renunciar a una experiencia auténtica, guiada por la curiosidad como brújula y el conocimiento como mapa.





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